Y otro día más estamos acá, con un resumen para ustedes. Hoy, el capítulo 13 de Cómo funciona la economía para Dummies.
En él, el autor nos hablará del derecho de propiedad:
Capítulo 13 – Lo mío es mío
En los anteriores capítulos hemos dado un vistazo a lo que es la microeconomía, pero hay un concepto que es primordial para entender realmente de qué va todo esto. Siempre estamos hablando de “mis” cosas: mi casa, mi coche… El coche es mío, porque me ha costado mi dinero. Pues de la propiedad te voy a hablar aquí.
Propiedad con sentido común
Si vendo algo, quiere decir que hay algo que es de mi propiedad, que según la RAE es el “derecho o facultad de poseer alguien algo y poder disponer de ello dentro de los límites legales”.
Pero ¿realmente es un derecho? ¿Acaso la propiedad no ha sido fuente de conflictos y guerras a lo largo de toda la historia? Sin duda, es así. Pero también lo es que sin ese sentido de la propiedad, presente en el ser humano desde los tiempos más remotos, no seríamos lo que somos: el poseer algo y el querer poseer más son dos de los motores más infalibles que hay.
El derecho de propiedad no se puede dejar al arbitrio de la ley del más fuerte. El mismo Adam Smith consideraba que los gobiernos debían definir los derechos de propiedad si querían que los mercados produjesen resultados beneficiosos para el conjunto de la sociedad:
Si los derechos de propiedad no se establecen correctamente, una persona no tendrá en cuenta la manera en que sus actos pueden afectar al resto de la comunidad.
¿Cómo?
Imagina que hay dos terrenos; uno de ellos es propiedad de un vecino mío que ha conseguido todos los permisos necesarios para convertirlo en un basurero, mientras que el otro es un terreno que no pertenece a nadie.
Para sacar partido a su terreno mi vecino cobra a la gente una cantidad por dejarles tirar la basura en él. Puede ocurrir que alguien no quiera pagar y se acuerde de que hay otro terreno cerca que no es de nadie y en el que puede tirar sus desperdicios. Al cabo de poco tiempo, su ejemplo es seguido por más gente. Ese terreno virgen quedará en poco tiempo convertido en un estercolero ilegal que acabará provocando un perjuicio a la comunidad en forma de malos olores, suciedad y bichos indeseables.
De todo ello se deduce que si el derecho de propiedad no está bien regulado, pueden darse abusos de todo tipo.
Vamos a externalizar
Los economistas dan el nombre de externalidades a los efectos, costes y beneficios que recaen no en las personas que llevan a cabo una actividad concreta, sino en otras ajenas a ellas. Pueden ser externalidades:
- Positivas: beneficios que recibe la persona no involucrada directamente en una acción. Nosotros tenemos un vecino que es apicultor. Sus abejas le dan miel, pero esas mismas abejas también polinizan los cultivos de los agricultores de los alrededores, de forma que se incrementan sus cosechas.
- Negativas: repercusiones que representan un coste para aquella persona que no está metida de lleno en la actividad que sea. No muy lejos de donde vive mi vecino hay una fábrica de cemento. Los que viven alrededor seguro que sufren el polvillo, el ruido, la suciedad y la contaminación.
Muchas veces a la hora de producir no se tienen en cuenta las externalidades negativas. Son casos en los que el derecho de propiedad de una persona pasa por encima de los derechos de muchas otras: puede ser que la casa de esa gente esté en un sitio concreto afectado por esa externalidad negativa: esa discoteca que hace ruido y no deja dormir en toda la noche, o esa fábrica que contamina y nos deja todo hecho un asco.
Si alguien fuera dueño de la atmósfera, por ejemplo, los de la cementera próxima a la casa de mi amigo tendrían que pagar una cierta cantidad por el derecho a contaminar. Pero como la atmósfera no es propiedad de nadie, pues puede hacerlo.
¿Por qué no prohibir?
Cuando una cosa nos perjudica, la tentación es prohibirla. Pero no es tan fácil hacerlo, porque en el fondo es una forma de coartar la libertad del individuo.
Un caso evidente es el de los automóviles. Todos tenemos uno, y sabemos que contaminan: ¿deberíamos prohibirlos? Considero como tú que eso sería un disparate. Aunque sólo fuera porque con esa medida eliminaríamos las ambulancias, los coches de la policía o los de bomberos, cuyas externalidades positivas son superiores a las negativas.
Incluso la cementera próxima a la casa de mi amigo tiene su razón de existir: contamina, pero ofrece trabajo a mucha gente de los alrededores y además permite que otras personas se construyan una vivienda.
A cada caso, su respuesta
Lo que hay que hacer es valorar cada caso y a partir de ahí, juzgar y actuar para que lo positivo se imponga a lo negativo.
¿Cómo?
- Aprobar leyes que restrinjan esas actividades que provocan externalidades negativas e, incluso, las prohíban cuando éstas sean espantosas o criminales.
- Aprobar otras leyes que obliguen a quienes generan esas externalidades negativas a reducir su impacto.
- Imponer tasas o impuestos a aquellos que generen esas externalidades negativas para que les duela un poco en el bolsillo hacer lo que hacen y así lo hagan menos a gusto.
Lo privado frente a lo comunitario
Lo que es mío y lo que es de todos a veces provoca conflictos, incluso auténticos desastres en el ámbito productivo; porque todos tendemos a procurar nuestro provecho sin tener en cuenta el de los demás.
Pongamos que poseo un terreno y unas vacas. Nada más lógico que llevarlas a pastar allí. Procuro llevar pocos animales para que no me estropeen de golpe el pasto y pueda sacarle provecho durante más tiempo. Pero a las afueras de San Quirico hay otro terreno. Es de todos. Mis vecinos también tienen sus vacas y es una tentación para ellos y para mí llevarlas a ese terreno comunal. Total, no nos va a costar nada. Pero ¿qué pasa? Pues que en menos que canta un gallo aquello estará lleno de vacas que lo devorarán todo. ¿Y luego qué? Pues a fastidiarse, porque el que no tenga un terreno como yo tendrá que comprar forraje fuera o pagar a alguien que le deje un rinconcito en su pastizal para que sus vacas coman algo fresco.
En un terreno privado el dueño busca un equilibrio entre el coste y el beneficio. Hay un incentivo personal. Éste, en cambio, no se da en el terreno comunitario. El incentivo aquí es inmediato: si hay mucho pasto, llevo las vacas antes de que las lleve el vecino y acabe con la hierba. A la postre, el terreno se arruina sin remedio y para todos. Esto es lo que los economistas llaman la tragedia de los comunes.
El derecho de propiedad protege el medio ambiente
Piensa en el terreno de las vacas del que te hablaba. El terreno privado está protegido. En cambio el comunitario, no. Pues bien, eso se puede extrapolar a otros ámbitos. Al mar, por ejemplo. Los atunes rojos que nadan en él no son de nadie y así les va. Se pescan de forma indiscriminada hasta el punto de que la especie se encuentra hoy al borde de la extinción.
Muchas especies extinguidas o en peligro de extinción son el resultado de una falta de derechos de propiedad. Los pescadores, que no son dueños de los atunes, los pescan de forma indiscriminada, no vaya a ser que se acaben; y lo hacen porque si no los pescan ellos vendrán otros.
Se trataría, pues, de cambiar la legislación sobre derechos de propiedad y, en el caso concreto de los atunes, transferir a los pescadores los derechos de propiedad sobre un área de pesca y los peces que en ella viven. Eso daría a los nuevos dueños el incentivo adecuado para explotar ese espacio de una forma racional y sostenible. El miedo a que llegue otro que le arrebate los preciados peces desaparece. Será un coto suyo y explotarlo es su responsabilidad y que, por lo tanto, debe hacer lo posible y lo imposible para que rinda, sin sobreexplotarlo ni agotarlo.
No obstante también es verdad que en este caso entrarían en colisión otros aspectos, como las fronteras nacionales en el mar o qué hacer con los peces que migran entre continentes. Sea como sea, extender los derechos de propiedad a las especies animales no es fácil, aunque como idea es interesante para un debate.
Y esto fue todo por hoy.
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Un saludo, lector.