¡Nueva entrada! Hoy, el resumen del capítulo 12 del libro que nos viene acompañando ya varias semanas: Cómo funciona la economía para Dummies.
En este, Leopoldo Abadía nos habla con más detalle sobre los mercados y la competencia.
Sin más, aquí está:
Capítulo 12 – La magia de los mercados y la competencia
Las empresas no están solas en el mundo, sino que forman parte de una industria competitiva; hay muchas otras empresas que luchan entre sí para intentar colocar sus productos; y todas buscan ganar el máximo dinero posible a base de maximizar los beneficios.
¿Y dónde venden? Pues en los mercados:
La panacea de los economistas
Para los economistas, los mercados competitivos libres son lo mejor. Eso sí, sólo lo son cuando funcionan bien, cuando detrás de ellos hay personas que se preocupan por las personas, no caraduras que lo único que quieren es especular.
Gracias a la competencia que implica la propia mecánica de los mercados:
- Se produce al mínimo coste posible, de forma que no hay desperdicio ni ineficiencia.
- Los beneficios superan a los costes (sólo se obtienen productos que hacen que el mundo sea mejor).
Hace falta tener mucho optimismo o ingenuidad para creerse a pies juntillas esas dos afirmaciones. Sobre todo cuando se ve la alegría con la que malgastamos recursos, bienes y servicios, con la que contaminamos o con la que producimos auténtica basura que nos embrutece como seres humanos.
La antítesis del capitalismo
Hubo un tiempo en que el mundo estaba dividido en dos grandes bloques que se caracterizaban por defender dos modelos opuestos de sociedad y de régimen económico. Por un lado, el capitalista u occidental; por otro, el socialista u oriental. Al primero ya lo conocemos. Pero ¿el segundo? En estado puro quizá sólo se puede encontrar hoy en Corea del Norte, porque incluso otros países como China o Cuba, que presumen de comunistas, están dejando paso a economías de mercado. Pero hubo una época, no tan lejana, en que era el sistema de un buen puñado de países europeos, entre ellos algunos que forman parte de la Unión Europea, como Checoslovaquia. Hungría o Polonia. O parte de Alemania. Su principal rasgo en lo que a la economía se refiere era que todo, absolutamente todo, se planificaba. Era el gobierno el que marcaba las directrices de lo que había que producir y a qué precio había que vender. “Como todas las personas son iguales, todas tienen el mismo derecho a disfrutar de una misma porción de bienes y servicios.” Ésa era la teoría; la práctica era muy otra: una escasez que lo invadía todo y que se traducía en largas colas de gente ante las tiendas. Y, como es lógico, los que llegaban primero acababan haciéndose con más unidades del producto que se ofrecía. La culpa de esto la tenían los planificadores, gente que trataba de determinar la cantidad exacta que había que producir de todo; y todo significa todo. No sólo cuántos kilos de carne, de barras de pan, de leche o de huevos, sino también de cuchillos para cortar esa carne y ese pan, de hueveras; y también de tapones, tornillos, gomas, lápices, papel higiénico, sillas… ¡Hasta obras maestras del cine! Los planificadores tenían que planificar todo tipo de ítems, unos 24 millones según algunos cálculos. No sólo eso, sino que también había que planificar cuánta gente era necesaria para producir algo, cuántos vagones de tren se necesitaban para el transporte… Una tarea imposible que se tradujo en una nefasta gestión y un despilfarro de los recursos. Así, no es extraño que el sistema socialista se colapsara a finales de la década de 1980, ¿para bien? Sinceramente, creo que sí.
Si hay buenas personas, habrá buen capitalismo
Soy de los que consideran que el sistema capitalista es sano, si:
- Se da cuenta de que las unidades de producción son Personas.
- Respeta a esas personas, una por una.
- Procura que trabajen en serio para que la empresa gane dinero honradamente.
- Demuestra con los hechos que la empresa no es sólo el capitalista, sino todos.
La belleza de los mercados
Las condiciones que deberían cumplirse sí o sí para que los resultados de los mercados sean óptimos:
- Todos los compradores y vendedores tienen acceso a información detallada y fidedigna sobre lo que compran.
- Los compradores sólo pueden acceder a ese bien o servicio pagándole al vendedor en virtud de los derechos de propiedad.
- El precio de mercado va predeterminado y todos han de aceptarlo. Lo que no impide que ese precio se pueda ajustar libremente según la ley de la oferta y la demanda.
Esto es básico, si la gente no acepta comprar, sino que prefiere entrar en la tienda y agenciarse por libre el kilo de manzanas, pasar luego a la perfumería y coger un Chanel 5, la cosa tiene mala pinta. Sobre todo porque acabaremos sin tener manzanas ni perfumes porque ningún vendedor estará dispuesto a suministrar nada.
Producir tiene unos costes
Los mercados deben tener en todo momento en cuenta los costes y beneficios de producir y consumir una cantidad dada de un bien o servicio. Por ejemplo, contaminar no es gratis. Es cierto, lo es en muchos países, pero en los de nuestro entorno si una fábrica tiene que contaminar para producir, tendrá que pagar una cuota especial, que tendrá luego su reflejo en lo que deberemos pagar por ese bien. Los economistas ortodoxos ven esto como una interferencia indeseable de los gobiernos en la libertad de los mercados.
Los mercados sin libertad
Cualquier cosa que interfiera en la capacidad de los mercados para alcanzar un equilibrio y producir las cantidades de bienes y servicios reclamadas reduce los beneficios. Los dos principales obstáculos (con los gobiernos como culpables) son:
- Precios techo: los gobiernos imponen un precio máximo al que se puede vender un bien o un producto.
- Impuestos: aumentan artificialmente los costes de producir y consumir los bienes. Afectan negativamente al mercado porque la gente puede comprar una cantidad menor de estos.
A las pérdidas de beneficios generadas por los precios techo y los impuestos, los economistas las llaman pérdidas de peso muerto. No es aquello tan típico de “tu pérdida es mi ganancia”, en la que algo, un beneficio y un perjuicio pasan de una persona a otra, sino que la pérdida es aquí total.
Piensa que el gobierno ordena que el precio máximo de la barra de pan sea de 50 céntimos de euro; ése es un precio techo, que afecta a los productores, a los que ya no les será tan rentable producir pan. El equilibrio entre oferta y demanda se rompe entonces porque la producción baja, se reduce hasta donde es rentable. En cambio, si no existiera ese precio techo, el mercado operaría libremente y los productores elegirían la cantidad a producir. Esa diferencia entre la cantidad que se produce con un precio techo y la que se produciría sin él es la pérdida de peso muerto.
El panorama es idéntico en el caso de un impuesto: afecta al precio final que paga el consumidor. Si no hubiera ese impuesto, se produciría más, porque se vendería más. Esa diferencia entre la producción sin y con el impuesto es la pérdida de peso muerto.
Los mercados también fallan
El principal fallo del mercado es que hay bienes y servicios de los que hace caso omiso pero que para nosotros, como clientes, tienen mucho interés.
Hay dos causas principales que provocan esta situación. Por un lado, la información asimétrica; por otro, los bienes públicos.
La información es poder
Pongamos que mi vecino quiere adquirir una furgoneta de segunda mano. Se presenta en un concesionario y un amable vendedor le muestra algunos vehículos que se ajustan a lo que mi amigo quiere. Uno en particular le atrae, y el vendedor, que lo ve, no tarda en deshacerse en elogios: “Realmente tiene usted vista, porque esta furgoneta es una maravilla. Acaba de llegarnos y como puede ver por el cuentakilómetros está casi por estrenar…”
¿Dónde está el problema? Pues que aquí el vendedor cuenta con la ventaja de poseer una información que el comprador no tiene: sabe si antes sufrió un accidente, si tuvieron que cambiarle el motor porque era defectuoso, si corrigieron el cuentakilómetros… Información muy valiosa que puede administrar, u ocultar, sin que mi amigo pueda hacer nada, fuera de confiar en su palabra.
Por esa desconfianza que se genera entre vendedor y comprador puede llegarse a una negociación por el precio que acabe con que el producto se quede dónde está, sin venderse.
Hay que exigir un poco de honestidad
Eso es la información asimétrica; si lo hubieran llamado “hay que ser honestos y decir siempre la verdad sobre nuestros productos”…
Lo mismo ocurre en muchos de esos productos que nos ofrecen los bancos y que los han llevado a la ruina y al descrédito mundial.
Pero también puede pasar al revés, que el comprador tenga más información que el vendedor. Un caso evidente es el de una póliza de seguro de vida. El que la compra puede que sepa que le quedan apenas tres meses de vida y oculte esa información.
El comercio se resiente
La consecuencia directa de la información asimétrica es que la actividad comercial sufre y llega a quedar limitada o incluso anulada.
Esa desconfianza no es sólo de mi amigo, sino de todos, por lo que el miedo a que nos vendan un mal vehículo hace que otros muchos buenos se queden por ahí esperando. El mercado, por lo tanto, se paraliza. Lo mismo ocurre en el caso inverso de los seguros.
Esa situación de fallo de mercado provoca que, para determinados bienes o servicios muy sujetos a la información asimétrica, no haya casi comercio.
Aquello que los mercados olvidan
La información asimétrica es uno de los grandes problemas con los que se encuentran los mercados. Pero otro es el de los bienes públicos. Son rentables para la sociedad pero no para los empresarios:
- Una persona puede consumir ese producto sin que ello suponga que otra persona consuma menos del mismo producto. El consumidor no es rival de otro consumidor para disfrutar de ese bien.
- Da igual que pagues o no pagues por ese bien, lo disfrutarás igualmente.
Ante estas circunstancias, es un poco iluso esperar que la iniciativa privada se dedique a apostar por estos bienes. Sí, una empresa privada será la que haga realidad ese castillo de fuegos artificiales, pero lo hará sólo porque el ayuntamiento le habrá pagado por ello y lo habrá hecho con los impuestos de la gente, de la que irá al espectáculo y la que no. En cuanto a la empresa, en cuanto reciba el dinero tanto le dará que vayan diez mil o cuatro personas. Ella cobrará por la acción.
La defensa del país por parte del ejército es otro de esos bienes públicos, que protege incluso a los que les gustaría no invertir un céntimo en armas. Y lo mismo los parques, las vías públicas, el sistema de alcantarillado, la televisión en abierto…
A la búsqueda de la competencia perfecta
El mercado sólo producirá algo si los beneficios son, al menos, tan grandes como los costes.
Gracias a los mercados libres y la competencia, la producción se hace al menor coste posible. Algo que a mí siempre me trae a la cabeza una imagen menos positiva: la de gente explotada en países de eso que hemos dado en llamar el Tercer Mundo, por multinacionales de aquí, de nuestro supuesto Primer Mundo.
El cliente es el beneficiado
Las empresas tienen que competir para sacar lo mejor de ellas mismas.
La competencia perfecta en el mundo de los mercados se da cuando existen varias o muchas empresas que producen algo igual o parecido. Eso las hace competir, buscar cómo reducir los costes de producción, si es posible sin sacrificar la calidad del resultado, todo a fin de obtener unos precios que puedan ser atractivos para el cliente.
De obrar así, posiblemente ninguna empresa se hará de oro porque no podrá abusar de esa posición de privilegio que le daría no tener competencia alguna. Pero no cabe duda de que el principal beneficiado será el cliente, que encontrará un buen abanico de marcas de un mismo producto entre las que escoger sin que ello suponga un atraco a su bolsillo.
Unas siguen, otras se van
Como es lógico, no todas las empresas que se dediquen a un sector podrán sobrevivir. Sólo los mejor adaptados al medio seguirán adelante. En el ámbito empresarial todo depende de que se tengan o no beneficios. Si los hay lo más probable es que nuevas empresas se sientan atraídas hacia ese sector, e incrementarán la competencia, de modo que el precio del producto bajará y con él, los beneficios.
Si, por el contrario, no hay beneficios o si son muy pequeños, pasa todo lo contrario: algunas de las empresas bajarán la persiana porque no podrán hacer frente a la competencia. Entonces puede darse el caso de que las que queden, al verse con menos rivales, aumenten los precios y, de ese modo, también sus beneficios.
El mercado, pues, está siempre ajustándose. Y el principal beneficiario será siempre el cliente.
Pero ¿Qué pasa si no hay competencia?
Vivir sin competencia, ¿sueño o pesadilla?
Lo contrario de la competencia es el monopolio. Según el diccionario de la RAE, significa: “Concesión otorgada por la autoridad competente a una empresa para que ésta aproveche con carácter exclusivo alguna industria o comercio” (acaparamiento).
En una situación de monopolio, la empresa no tiene competidor alguno en aquella área a la que se dedica. La posición de privilegio puede llevarla a comportarse de manera arbitraria o despótica, aumentando los precios a placer o reduciendo al máximo la producción, todo para conseguir el máximo beneficio posible. Aunque no todo en los monopolios es negativo. Incluso hay gobiernos que los incentivan en algunos casos específicos.
¿Por qué es negativo el monopolio?
- Se produce menos.
- Los productos se venden a un precio superior.
- La producción se obtiene a un coste mayor y menos eficientemente.
El principal perjudicado de esta situación no es otro que el consumidor.
Pero también hay monopolios “buenos”
A pesar de que pueda parecer sorprendente, efectivamente hay monopolios positivos:
El monopolio más beneficioso para la sociedad es el de las patentes, es decir, el derecho que tienen los inventores a beneficiarse del fruto de su ingenio durante al menos veinte años, momento en que sus invenciones pasan a ser de propiedad pública y.
Si no fuera por esas patentes, seguramente nadie inventaría nada. Porque cualquier buena idea podría ser robada por otro que la comercializara, de modo que el inventor acabara sin sacarle provecho alguno a su inversión de tiempo, esfuerzo y dinero. De ahí la importancia de este monopolio, que da una seguridad a los inventores para que sigan creando y mejorando nuestra vida.
Además, hay que evitar duplicidades de servicios
Hay servicios, como el de la recogida de basuras, que sería absurdo dejar abierto a la libre competencia. Consecuentemente, los ayuntamientos dan el monopolio a una empresa, que es la que se encarga de realizar ese servicio, y que debe cumplir con unas normas reguladoras que impone el ayuntamiento, como contratante. Algo parecido pasa con el suministro del gas, de televisión por cable o de telefonía.
A los monopolios no hay que dejarlos solos
Hay monopolios que valen la pena. Pero para asegurarse de que lo sea, hace falta que el gobierno los regule y controle con:
- Subsidios: como los monopolios producen menos de lo que la sociedad pide, el Estado puede conceder un subsidio para que la producción aumente.
- Imposición de una producción mínima: si el monopolio depende directamente del Estado, éste puede imponer que se produzca más.
- Marcar los precios: establecer el precio al que el bien o servicio debe venderse. Eso sí, el Estado debe mirar muy bien qué precio impone, porque de ser muy bajo podría darse el caso que la empresa quebrara.
Si al final resulta que esto de tener un monopolio acarrea más desventajas que ventajas, siempre se puede fraccionarlo en una serie de pequeñas compañías que compitan entre sí para ofrecer el mismo servicio.
No es monopolio, pero casi
Pero la libre competencia, en la que cada uno va por su lado para intentar hacerse con un trozo del pastel, y el monopolio, sólo son los protagonistas extremos del Mercado; hay otro personaje que reclama también su cuota de atención: el oligopolio.
Según la RAE, oligopolio viene a ser una “concentración de la oferta de un sector industrial o comercial en un reducido número de empresas”. Hay tan pocas empresas que se dedican a ellos, que el funcionamiento es casi el de un monopolio.
Lo peor del caso es que, además, estos oligopolios se centran en sectores de esos que podríamos llamar estratégicos, como la producción de petróleo. O las consolas de videojuegos o las bebidas refrescantes.
Una gran capacidad de adaptación…
Lo que distingue a las industrias oligopolísticas es su milagrosa capacidad de adaptación: lo mismo pueden lanzarse a degüello contra el adversario que establecer lazos de fraternidad que las conviertan en un monopolio de facto.
… y un escaso margen de maniobra
Pero, al mismo tiempo, la libertad de los oligopolios es reducida. Pongamos que en España el mercado de la gaseosa se lo reparten entre dos compañías. Pues si una de ellas decide inundar el mercado con su bebida, eso hará que el precio de la gaseosa en general se desplome. Estas empresas a la larga o a la corta se ven obligadas a decidir si apuestan por la confrontación o por la convivencia:
- En caso de confrontación, aumentan la producción para vender más barato que el otro y quitarle todos los clientes posibles. El beneficiado es el consumidor.
- En caso de convivencia, disminuyen a la par la producción para que los precios aumenten y, con ellos, los beneficios. El perjudicado es el consumidor.
Lo normal, en todo caso, es la confrontación. De ello dan cuenta las agresivas campañas de publicidad en que las empresas se gastan millones y millones de euros.
Los imitadores del monopolio
Hay un caso flagrante de imitador del monopolio: los cárteles. Según la RAE, es un “convenio entre varias empresas similares para evitar la mutua competencia y regular la producción, venta y precios en determinado campo industrial”.
El más conocido es el del petróleo. Tiene incluso un nombre: Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). En él se unen empresas de distintos países para formar un monopolio que dicte al resto del mundo el precio que hay que pagar para poner gasolina al coche.
El problema de un cártel es que siempre surgen problemas sobre:
- La distribución de los beneficios, cada empresa componente del cártel quiere una tajada lo más grande posible.
- Las cuotas de producción, cada empresa no puede producir lo que le venga en gana, sino que tiene que seguir el criterio establecido por el cártel.
La OPEP es un claro ejemplo de esos problemas; las empresas representadas se reúnen, negocian, establecen las cuotas de producción y los precios a los que venderán cada barril, pero muchas veces sus decisiones son flor de un día y no falta el socio que se las salta a la torera mirando más por su propio beneficio que por el del grupo.
Y este fue el resumen de hoy.
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