Venimos de nuevo con una entrada del libro Cómo Funciona La Economía Para Dummies, de Leopoldo Abadía. Hoy damos paso al resumen del capítulo 5. Sin más, les dejo con ello:
Capítulo 5 – Y los precios suben, suben… y se desploman
Los peligros del exceso de dinero
La inflación debería provocar más pesadillas a los economistas y a los gobernantes de las que les provoca, y lo mismo cabría decir de su opuesto, la deflación.
Las consecuencias de gastar alegremente
- Acto I. Mi amigo Luis tenía un trabajo del que no se podía quejar. Con su sueldo gastaba en alimentación, coche, teléfono, hipoteca… Gastos normales que le permitían ahorrar.
- Acto II. La vida sigue y Luis se encuentra ganando todavía más dinero. Además, coincide con un momento en el que los bancos dan créditos a todo el mundo. El director de la caja de ahorros de San Quirico le ofrece un crédito. Luis, con tanto dinero encima, gasta. Sigue comiendo como antes, pero un poco mejor; se compra un Hammer; mantiene la hipoteca; se da caprichos… está embargado por la alegría de gastar. Pero los señores que venden cosas piensan que como Luis y otros muchos tienen tantas ganas de gastar quizá no estaría mal subir un “pelín” los precios… pero, sumando de aquí y de allí dan como resultado un aumento general de los precios: inflación.
- Acto III. Luis ha oído que hay crisis y empieza a ponerse un poco nervioso. Tiene dinero, pero empieza a gastar un poco menos en alimentación y diversión, saca menos a pasear el Hammer…
- Acto IV. Un día, Luis recibe una llamada del director de la caja de ahorros de San Quirico: “Luis, lo sentimos mucho pero ya no podemos darte más crédito”. El amigo se queda de piedra porque, encima, su sueldo ha bajado. Pero no es el único. El grifo del crédito también se ha cerrado para empresarios y comerciantes, que ahora se encuentran con una mercancía que nadie compra. Para animar a la gente, empiezan a bajar los precios. Y no sólo eso, sino que las empresas empiezan a echar a sus trabajadores a la calle. Eso es la deflación. Y se cierra el telón.
Conclusiones sobre la debacle inflacionaria
A un período expansivo de crédito, en el que todo el mundo tiene dinero y se dedica a hipotecarse y comprar cosas, generalmente le sigue un período de inflación, que lo que hace es mermar el poder adquisitivo de los trabajadores (el mismo sueldo da para comprar menos cosas). Como nadie gasta, los precios bajan: deflación. Eso es porque todo el mundo está endeudado, incluyendo las empresas y los comercios, que tienen que vender como sea.
El encarecimiento de la vida
La inflación no es sinónimo de que todos los precios aumenten a la vez. Algunos precios pueden estar incluso disminuyendo. Pero la tendencia general es hacia arriba, alcista. Con esos datos se elabora un índice que dice cuántas décimas se ha encarecido, o todo lo contrario, la vida.
Por inflación entendemos esa tendencia a que los precios aumenten. Si bien es cierto que la mayoría de los convenios laborales incluyen una fórmula de revisión salarial por la cual los sueldos deben subir en el mismo porcentaje que haya aumentado la inflación el año anterior, no es menos cierto que con la crisis, esos convenios están congelados; como la mayoría de los sueldos.
Ahora bien, ¿por qué suben los precios? Un economista os diría que:
- La causa. Una oferta monetaria que crece demasiado rápido.
- El problema: la inflación.
- El remedio. Disminuir o parar ese crecimiento.
Si esperabais una solución mágica, siento decepcionaros.
La culpa es del gobierno
Para un economista, la culpa de la inflación no es del mercado.
¿Cómo se determina el valor del dinero? A partir de la oferta y la demanda, si la oferta de dinero es escasa, cada unidad de dinero será preciosa y con ella podrás comprar muchas cosas. Pero si la oferta aumenta mucho, cada unidad de dinero perderá valor porque se trata de algo muy fácil de obtener.
Se abren tres situaciones posibles:
- La ideal: el gobierno aumenta la cantidad de dinero disponible en la misma proporción que la demanda, y los precios se mantienen.
- La inflacionista: el gobierno le da a la maquinita de los billetes con más entusiasmo de lo que exige la demanda de dinero: se genera inflación.
- La deflacionista: la oferta de dinero aumenta por debajo de lo que crece la demanda. Las monedas y los billetes se hacen más valiosos y se necesita menos cantidad para adquirir cualquier bien o servicio.
Pero, ¿Qué empuja a un gobierno a ese frenesí por imprimir billetes y monedas?
- Una falta preocupante de ingresos tributarios suficientes como para hacer frente a sus obligaciones (sanidad, defensa, interior, infraestructuras, educación…).
- La presión de los deudores, que quieren provocar una situación inflacionista para así liquidar sus deudas, aunque sea con dinero menos “valioso”.
- El deseo de estimular la economía y sacarla de un proceso de recesión.
La inflación y el ahorro
Además del aumento de los precios, la consecuencia más destacada de una inflación exagerada es que acaba con las ganas de ahorrar de la gente. Con el paso del tiempo (ver Alemania en 1920), esos ahorrillos valdrán cada vez menos: lo único que puede hacerse es gastar el dinero antes de que pierda todavía más valor.
La gente no ahorra y el problema pasa también al ámbito financiero: los bancos no tienen dinero para prestar a las empresas que quieran hacer nuevas inversiones; y sin esas inversiones, la economía ni avanzará ni, mucho menos, se recuperará.
Entonces, ¿cómo volver a la normalidad? Un economista ortodoxo dirá que la inflación puede servir para estimular una economía en crisis o recesión, pues si el gobierno imprime dinero se pueden comprar bienes y servicios que de inmediato animen el panorama. Pero lo que suele pasar es que de estímulo nada de nada, pues a más dinero, precios más altos, con lo que no puedes comprar más, sino como mucho lo mismo.
¿Y su receta, don Leopoldo? Pues trabajar e invertir, y un poco más de decencia en el comportamiento. No hay otra.
Cómo se mide la inflación
Con el IPC. Se trata de un porcentaje muy importante porque es el que generalmente se usa para modificar los sueldos a fin de que la inflación no nos haga perder poder adquisitivo. Podría definirse como el termómetro de la inflación, un instrumento que sirve a los gobiernos para ver cómo se están comportando los precios.
Se coge un conjunto amplio de bienes y servicios de consumo habituales a los que se da el nombre de “cesta de bienes y servicios”, y se mira cómo evolucionan sus precios. Qué sube y qué baja. En concreto, el IPC se fija en los productos básicos que una familia compraría a lo largo de un mes. De ahí resulta un porcentaje que indica a economistas y gobiernos cómo cambia el nivel de vida real de la gente de mes en mes y de año en año.
Pero esta cesta de la compra no es ni mucho menos perfecta:
- No refleja con exactitud el gasto familiar: cada familia es diferente, y puede cambiar de hábitos; pero la cesta de la compra que analiza el IPC es muy rígida.
- Los bienes y servicios que refleja pueden quedar pasados de moda: no incorpora nuevos productos hasta que la lista no se actualiza, y eso a veces va para largo.
- No tiene en cuenta la calidad: por ejemplo, móviles, videojuegos, ordenadores, tabletas digitales… todo eso mejora en calidad de manera brutal de año en año, y a veces con precios que incluso se dan el lujo de ir a la baja. Ese salto de calidad para el IPC es como si no existiera.
A pesar de todo, el IPC es una herramienta que ayuda lo suyo a ver la evolución de los precios y, con ella, de la inflación.
Esto es todo por hoy, continuaremos, la próxima vez, con el capítulo 6, como no podía ser de otra manera.
Saludos, lector.
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